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“El Señor no tarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca.” — 2 Pedro 3:9
Hay una diferencia enorme entre tardanza y paciencia. Lo que nosotros interpretamos como demora, Dios lo vive como cuidado. Cada momento que parece silencio de su parte es en realidad una pausa llena de gracia, donde Él trabaja en lo invisible para que lo visible llegue en la condición correcta. Dios no falla porque no puede fallar, su naturaleza misma es fidelidad absoluta.
Cuando la espera se hace larga y la duda quiere instalarse, recuerda que estás tratando con un Dios cuya palabra tiene el peso de la eternidad. Lo que prometió está tan vigente hoy como el día que lo dijo. Su reloj no se atrasa ni se adelanta. Opera con una precisión que trasciende nuestra comprensión y una fidelidad que no tiene precedente.
Señor, gracias porque no eres un Dios que falla. Gracias porque cada promesa que has hecho sobre mi vida sigue en pie, aunque yo no la vea cumplida todavía. Perdóname por las veces que dudé de tu fidelidad y confundí tu paciencia con olvido. Renueva hoy mi confianza en tu palabra, dame la certeza de que lo que prometiste lo cumplirás y ayúdame a vivir en esa paz mientras espero ver tu fidelidad manifestada. En el nombre de Jesús, amén.