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“Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” — Mateo 28:20
Todos los días. No los días buenos solamente, no los días donde te portas bien o donde tu fe está en su punto más alto. Todos los días, sin excepción, sin condiciones y sin importar lo que ese día traiga consigo. Esa es la promesa más abarcadora que Jesús pudo haber dejado antes de ascender al cielo, y es una promesa que lleva dos mil años cumpliéndose sin una sola interrupción.
Ser acompañado por Dios en todo momento transforma la textura de la vida entera. El día ordinario se vuelve sagrado, la rutina se convierte en un espacio donde su presencia puede ser experimentada y los momentos difíciles pierden su capacidad de devastar porque no los enfrentas solo. Su compañía no es ocasional ni circunstancial, es permanente, constante e inamovible.
Padre, gracias porque tu compañía no depende de mis circunstancias ni de mi estado emocional. Gracias porque en el día más oscuro y en el momento más ordinario sigues estando ahí, fiel a tu promesa de nunca abandonarme. Ayúdame a vivir consciente de tu compañía en todo momento, a buscarte en lo cotidiano y a encontrarte en cada instante del día. Que tu presencia permanente sea la razón de mi paz y mi mayor fuente de fortaleza. En el nombre de Jesús, amén.