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“La envidia es carcoma de los huesos.” — Proverbios 14:30
La envidia no llega anunciándose. Entra disfrazada de comparación inocente, de una mirada casual a lo que otros tienen y de un pensamiento que parece inofensivo. Pero una vez que se instala en el corazón comienza su trabajo silencioso y destructivo: roba la gratitud, envenena las relaciones y te mantiene tan enfocado en la vida ajena que pierdes completamente de vista la tuya propia. Es una trampa que promete darte lo que no tienes pero que en realidad te quita lo que sí tienes.
Salir de esa trampa comienza con una decisión de la voluntad respaldada por la gracia de Dios. Es elegir celebrar el bien ajeno en lugar de resentirlo, confiar en que lo que Dios tiene para ti es exactamente lo que necesitas y cultivar una gratitud tan profunda por tu propia historia que no quede espacio para codiciar la de otros. La libertad de la envidia es la libertad de vivir plenamente tu propia vida.
Señor, reconozco que la envidia ha querido atraparme en momentos donde la comparación robó mi paz y mi gratitud. Hoy decido salir de esa trampa con tu ayuda porque sé que no puedo hacerlo solo. Llena mi corazón de una gratitud genuina por lo que soy y lo que tengo, dame la gracia de celebrar el bien ajeno sin resentimiento y ayúdame a confiar en que tu plan para mi vida es único, perfecto e irremplazable. En el nombre de Jesús, amén.