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“Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.” — Filipenses 4:12
La fe que solo funciona en la abundancia es una fe que no ha sido verdaderamente probada. La fe genuina es la que permanece igual en la escasez que en la abundancia, la que alaba a Dios cuando el refrigerador está lleno y también cuando está vacío, la que confía en su bondad cuando todo fluye y también cuando todo escasea. Esa fe no se aprende en los libros, se forja en las temporadas donde Dios es lo único que queda.
Tener a Dios en la escasez es tener más que suficiente. Tenerle en la abundancia es la única manera de que esa abundancia no te aleje de Él. En ambos escenarios Él es la constante que le da sentido a todo lo demás. La vida con Dios no es una promesa de riqueza permanente, es una promesa de su presencia permanente que hace que cualquier circunstancia sea llevadera y cualquier bendición sea significativa.
Señor, enséñame a tenerte a ti como mi suficiencia en toda temporada. En los momentos de escasez donde la presión aprieta, ayúdame a confiar en tu provisión sin desesperarme. En los momentos de abundancia donde todo fluye, ayúdame a no olvidarte ni a depender de las bendiciones más que del que las da. Que en toda circunstancia mi corazón encuentre su estabilidad en ti y que tanto la escasez como la abundancia me acerquen más a tu presencia. En el nombre de Jesús, amén.