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“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” — Filipenses 4:13
Hay momentos donde las fuerzas propias simplemente se acaban. No es exageración ni falta de carácter, es la realidad honesta de ser humano en un mundo que exige más de lo que muchas veces podemos dar. Y es precisamente en ese límite donde la fuerza de Dios comienza a operar de la manera más poderosa. Porque su fortaleza no compite con la tuya, la reemplaza cuando la tuya llega a su fin.
La fuerza que viene de Dios no tiene las limitaciones de la fuerza humana. No se agota con el cansancio, no disminuye con la edad y no se debilita ante los problemas más grandes. Es una fortaleza sobrenatural que se manifiesta en los momentos más inesperados, que te permite seguir cuando todo dice que pares y que sostiene lo que ningún esfuerzo propio podría mantener en pie. Su fuerza en tu debilidad es la combinación más poderosa que existe.
Padre, reconozco que hay momentos donde mis fuerzas no son suficientes y que intentar en mis propias capacidades me lleva al agotamiento. Hoy decido depender de tu fuerza y no de la mía. Fortaléceme donde estoy débil, sostenme donde estoy a punto de caer y dame la energía sobrenatural que solo tú puedes proveer. Que cada día experimente que contigo puedo lo que solo sería imposible y que tu fuerza en mí sea evidente para quienes me rodean. En el nombre de Jesús, amén.