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¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío. Salmos 42:11
Hay momentos en la vida donde caer parece más fácil que levantarse. El peso de las circunstancias, el cansancio acumulado y las heridas del camino pueden hacernos sentir que quedarnos en el suelo es la única opción. Pero Dios nunca te mira caído y te da la espalda. Te mira, extiende su mano y te dice levántate.
No importa cuántas veces hayas caído, cuánto tiempo llevas en ese lugar de derrota o cuán imposible se siente volver a intentarlo. La voz de Dios tiene el poder de restaurar lo que parece irreparable, de devolver fuerzas donde solo hay agotamiento y de encender esperanza donde todo parece apagado. Levantarse con Dios no es volver a donde estabas, es avanzar hacia algo mejor.
Señor, hoy escucho tu voz diciéndome que me levante. Reconozco que he estado en el suelo más tiempo del necesario, dejando que el desánimo y la derrota tengan la última palabra. Pero hoy decido responder a tu llamado. Dame las fuerzas que no tengo, restaura lo que se rompió y renueva mi esperanza. Quiero levantarme no con mis propias fuerzas sino con las tuyas, sabiendo que contigo cada caída tiene un propósito y cada amanecer es una nueva oportunidad. En el nombre de Jesús, amén.