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Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. — Mateo 7:13-14
Nadie prometió que seguir a Dios sería sencillo. Ser hijo de Dios implica nadar contra la corriente en un mundo que muchas veces celebra lo contrario a sus valores. Implica perdonar cuando todo en ti quiere guardar rencor, amar cuando no recibes amor, mantenerte firme cuando la presión te invita a ceder. Es un camino que exige decisiones difíciles todos los días.
Pero en esa dificultad hay algo extraordinario: no caminas solo. Cada renuncia tiene una recompensa, cada prueba tiene una promesa y cada momento de debilidad es una oportunidad para experimentar la fortaleza de Dios. No es fácil, es cierto, pero es el camino más lleno de sentido, propósito y vida verdadera que existe.
Señor, hay días en que ser tu hijo me cuesta y no quiero fingir que no es así. El camino es estrecho y a veces me siento cansado. Pero hoy elijo no rendirme. Gracias porque en mi debilidad tú eres fuerte, y porque cada sacrificio hecho por ti vale la pena. Dame fuerzas para seguir adelante, gracia para vivir como tu hijo y la convicción de que lo que nos espera al final supera con creces cualquier dificultad del camino. En el nombre de Jesús, amén.